En la calle hierro nº 9, la camilla de madera
redonda,
el brasero encendido, y el olor a incienso,
la conversación de corrillo, parece no correr
el tiempo,
estando allí sentado, por la puerta parece entrar,
esa mujer singular, que va vestida de negro,
como en ella es usual, nunca lleva otro traje,
ni falta que le hizo, todos los tenia igual,
el mismo peinado, el moño recogido detrás,
las horquillas negras, y la redecilla que solía utilizar.
se dispuso a saltar la piedra, que hay de umbral,
con una mano apoyada, al bastiente del
portal,
pues sus años son muchos y le cuesta andar.
viuda era de guerra, eso creo recordar,
cuenta que nunca quiso a otro hombre,
ni de fuera ni del lugar,
que su amor fue siempre el mismo,
y que nunca lo pudo olvidar,
se fue con los rojos una noche
para nunca regresar,
le contaron que andaba en la sierra,
defendiendo algún lugar,
que alguna noche al pueblo bajaba,
para poder llenar la talega,
de embutidos, queso y pan.
¿Se puede?
¡Entre usted! ¡entre usted!
Buenas noches, buenas noches.
Siéntese usted, siéntese.
Que frío hacia en la calle, el cisco parecía
no calentar,
otro meneo al brasero las sillas empezaban a
rechinar,
las ascuas encendidas a todos no echaban para
atrás,
contaba de nuevo la historia, todas las
noches igual,
y yo allí sentado la volvía ha escuchar.
otro meneo al brasero, y vuelta a empezar,
en aquella camilla redonda, donde yo me solía
sentar.
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